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Las niñas que migran solas: son muchas menos pero más vulnerables

Mariem, Naima y Selima son tres chicas que cruzaron solas la frontera sur y residen en Melilla, dentro o fuera del sistema de acogida. Nora también llegó siendo menor y logró obtener el permiso de residencia. Son cuatro historias que reflejan el duro proceso migratorio de las menores extranjeras no acompañadas. 
 
Naima, Selima o Nora posan en la calles de Melilla para el reportaje.- IRENE QUIRANTE

Naima, Selima o Nora posan en la calles de Melilla para el reportaje.- IRENE QUIRANTE

Melilla, 25/09/2019
IRENE QUERANTE

Cuando se habla de menores no acompañados, la primera imagen que viene a la mente suele ser la de un niño que vaga por la calle en busca de comida o que acude a dormir a un centro masificado. Pero hay otra realidad que, a pesar de ser muy inferior en número, es mucho más vulnerable: la de las niñas que consiguen cruzar solas la frontera sur de España. Una gran parte de ellas marcan Melilla como destino en su mapa migratorio, como Mariem, Naima, Selima o Nora. Para ello, tuvieron que superar una travesía en la que se multiplicaron los peligros a los que se exponían, únicamente por su condición de menor y de mujer.

Según datos del Ministerio del Interior, a lo largo del año pasado la Policía Nacional reseñó a un total de 1.184 menores extranjeros que se encontraban en la ciudad autónoma sin adultos a su cuidado. De esta cifra, solo 134 eran niñas: la inmensa mayoría de origen marroquí (118), aunque también procedían de Siria, Guinea, Yemen, Costa de Marfil, Mali y Níger.

De acuerdo con los datos de la Consejería de Bienestar Social de Melilla, actualmente hay 115 niñas tuteladas por el Gobierno local. La gran mayoría (98) duermen en un centro conocido como Gota de Leche, donde también se acoge a menores varones. La otra opción es el centro Divina Infantita, gestionado por monjas, donde residen otras 32 menores tuteladas. Estas niñas, conscientes del riesgo que ello conllevaría, no suelen optar por la calle ni intentan colarse en barcos que las lleven a la península, aunque también tienen que hacer frente a situaciones en las que, a pesar de su corta edad, deben tomar decisiones más propias de adultas para seguir luchando por todo aquello que un día las trajo hasta Melilla. 

Mariem, 15 años, Guinea Conakry: "Creo que estaba mejor en mi país, pero todavía quiero llegar a Europa"

Una imagen de archivo niñas menores a su llegada a Melilla, siendo asistidas por una trabajadora de Cruz Roja tras ser rescatadas de una patera. IRENE QUIRANTE

La vida fuera de Guinea no está resultando tan fácil para Mariem (nombre ficticio) como se imaginaba. “Creo que estaba mejor en mi país que en Melilla, pero todavía quiero llegar a Europa”, dice. Ella refiere tener 15 años, aunque, por su rostro, aparenta ser de menor edad, como de unos 12 o 13 años. Por la manera en la que habla y por lo que se puede leer en su mirada, se percibe que tiene miedo, probablemente a posibles represalias. Emplea las palabras justas y recurre continuamente a la frase je ne sais pas –"yo no lo sé", en francés– para responder cuando se le pregunta sobre su periplo migratorio. Tampoco quiere que se le hagan fotos aunque ni siquiera vaya a aparecer su cara.

Asociaciones de derechos humanos como Women’s Link Worldwide o Caminando Fronteras han puesto el foco en diferentes informes en lo dura y arriesgada que resulta la travesía para las niñasy mujeres de origen subsahariano que deciden migrar. Entre otros motivos, porque acaban cayendo en redes de trata o terminan siendo víctimas de abusos sexuales durante el trayecto. En muchos casos, estos problemas comienzan en el propio país de origen, donde contraen una deuda para costear su viaje, y continúan después de llegar a España mediante chantajes o amenazas a la familia.

Lo que Mariem cuenta es que embarcó en un avión junto a su tía hace cosa de cinco meses para poner rumbo a Marruecos. No recuerda en qué ciudad aterrizó ni cuánto tiempo transcurrió hasta que subió a una patera en Nador, provincia que limita con la ciudad autónoma. Desconoce el precio que pagaron por su viaje y se niega a hablar de las personas que encontró en su camino. Lo que no olvida la menor es el miedo que sintió cuando se vio en la embarcación, rodeada de agua y lejos de la tierra.

Una vez en Melilla, fue ingresada en el centro de menores Gota de Leche, donde estuvo tres meses acogida. Según dice, su experiencia con otras menores no fue nada positiva: “No me gustó el centro porque otras niñas abusaban de mí”. Mariem explica que le insultaban y que le hacían comentarios despectivos por ser negra y que, en este ambiente, se encontraba en un estado de tensión permanente. “Entre las chicas también había muchas peleas y muchos robos”, añade la menor.

Para Mariem, fue un alivio que la trasladasen al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla, donde ha vuelto a encontrarse con su tía, con la que emprendió su viaje hace casi medio año para salir de África. Desde hace un mes, ambas esperan con paciencia a que el Ministerio del Interior resuelva su procedimiento de asilo. La menor tiene miedo a una nueva decepción, por eso prefiere no crearse demasiadas expectativas. “Lo único que quiero es que nos den la salida pronto y que Europa sea diferente a lo que he conocido”, expresa, ya que los solicitantes de asilo tienen muy complicado poder salir de las ciudades autónomas mientras se tramita su solicitud.

Naima, 17 años, Oujda (Marruecos): “El centro ha cambiado a peor en los últimos años”

Naima, de 17 años, en las afueras del centro de acogida Gota de Leche, donde vive con su hermana.- IRENE QUIRANTE

En otras ocasiones, a pesar de que el proceso migratorio no ha sido tan traumático, una decisión de la Administración, sin consultar ni valorar el camino ya recorrido por las menores, puede dificultar una integración exitosa y la llegada a la mayoría de edad con opciones laborales.

Lo que a Naima (nombre ficticio) le preocupaba a los 11 años era que no iba al colegio ni recibía una educación que pudiera servirle de cara al futuro. Por eso, tras meditarlo mucho, pidió permiso a su madre para marcharse con su hermana pequeña a un centro de acogida en Melilla. Sólo quería poder estudiar. “Mi vida ha sido un poco complicada porque he dado muchas vueltas: nací en Oujda y a los tres años me fui con mi abuela a Girona; más adelante, decidieron que tenía con volver con mi madre a Marruecos”, narra la menor, de 17 años.

Al regresar a su país, Naima apenas entendía el idioma, lo que suponía una barrera que le impedía continuar con sus estudios o relacionarse con otras vecinas. “Me sentía muy mal porque no hacía nada, sólo me quedaba en mi casa, aislada, viendo que si seguía así iba a echar mi futuro a perder”, recuerda. La madre, que era testigo del malestar de su hija, accedió a dejarla marchar junto a su hermana, con la que cruzó la frontera e ingresó en el centro de la Gota de Leche de Melilla. “No me costó nada adaptarme a mi nueva vida en Melilla porque estaba acostumbrada a estar lejos de mis padres”, señala la menor.

De su primer año de acogida, lo que se le hizo cuesta arriba fue que tampoco fue matriculada en un colegio, al contrario de lo que Naima esperaba con tantas ganas. No obstante, al siguiente curso sí que pudo volver a sus estudios, que compaginaba con otros cursos de formación. “Con 15 años me propusieron irme a un centro en Palencia, en el que iba a estar mejor y al que se habían llevado a mi hermana un tiempo antes”, expone. Ella aceptó y pasó dos años en una residencia gestionada por los Padres Barnabitas, donde hacían vida entre 10y 15 niñas, por lo que se respiraba un ambiente tranquilo y familiar.

En septiembre de 2018, la Ciudad Autónoma suprimió el convenio de colaboración que mantenía con la fundación palentina, por lo que Naima, junto a otras 12 menores, tuvo que regresar a Melilla. “La vuelta fue dura porque tenía mi vida en Palencia yempecé un curso de peluquería que no he podido terminar”, explica Naima. Además, se reencontró con un centro muy distinto al que recordaba. “Lo que veo es que ha cambiado a peor porque hay muchas más niñas, robos, peleas… De hecho, nada más llegar, nos quitaron todas nuestras cosas”, manifiesta.

Naima ha buscado el lado positivo a este nuevo cambio: ahora ve con más frecuencia a su madre, quien intenta cruzar la frontera cada semana para visitarla. Para esta joven, el futuro continúan siendo sus estudios. “Aquí no me dejan terminar el curso que empecé de peluquería porque cuando cumpla los 18, en agosto, todavía no habrá terminado”, explica. Ya ha planeado que, en cuanto obtenga la mayoría, regresará a Palencia para acabar la formación que inició. “Pretendo seguir esforzándome para conseguir un trabajo, una casa, para que mi madre esté bien y sacar a mi hermana pequeña del centro y que viva conmigo”.

Selima, 17 años, Casablanca (Marruecos): “Dijeron que era mayor y me echaron. Pasé diez días bajo un puente”

Selima tuvo que abandonar el centro de acogida porque, según el resultado de una prueba, es mayor de edad. Ella asegura que todavía le queda un año para cumplir los 18.- IRENE QUIRANTE

Hay veces que una decisión de la Fiscalía convierte de forma automática a una niña en una mujer. A una menor, en una inmigrante irregular, despojándola de sus derechos básicos como menor y dejándola en un limbo jurídico del que muchas veces no se sale. Cuando Selima (nombre ficticio) abandonó Casablanca, lo hizo para buscar la libertad que no encontraba en Marruecos.

“Mi familia no acepta que sea lesbiana, por eso no podía quedarme en la casa de mi madre. Siempre tenía muchos problemas por este motivo”, confiesa la joven, quien asegura que tiene 17 años. Ella pensaba que tendría mejor suerte en la ciudad autónoma, donde vive desde hace seis meses, pero sus expectativas se han visto truncadas por el resultado de una prueba de determinación de la edad. “Ha salido que soy mayor y me han expulsado del centro, pero todavía soy menor y me queda un año para cumplir los 18”, sostiene.

De acuerdo con el relato de Selima, estuvo acogida durante un mes y medio en la Gota de Leche hasta que le comunicaron que tendría que abandonarlo inmediatamente porque, según concluía un test —criticado por numerosas organizaciones por su amplio margen de error, con una horquilla de dos años—, era mayor de edad. “En el centro estuve bien, no me metí en problemas y pedí que me apuntasen a algún curso… Cuando me hice la prueba no me esperaba fuera a salir una edad que no es la mía”, comenta. Según incide, hizo entrega de una hoja del libro de familia para demostrar que todavía tiene 17 años. “No sirvió de nada y tampoco me lo han devuelto”, lamenta. En España, de forma contraria a la jurisprudencia del Tribunal Supremo,es muy habitual que los fiscales den más credibilidad a unas pruebas oseométricas que a los documentos de identidad que portan los chicos y chicas.

Al ser mayor de edad ante los ojos de la Administración, Selima quedó completamente desprotegida de un día para otro. “Me tiraron a la calle”, afirma ella. En un principio, tampoco le permitían que entrara al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), donde las personas de origen marroquí suelen tener el acceso vetado por asociar su migración a motivos económicos. Durante diez días, a la joven no le quedó otra alternativa que refugiarse debajo de un puente. “Dos amigos míos me protegieron y no me pasó nada, pero lo he pasado mal”, narra. Finalmente, le permitieron el ingreso en el CETI.

Más tranquila, explica que ha solicitado asilo por su orientación sexual y está a la espera de que su petición sea resuelta de forma favorable, ya que en Marruecos la homosexualidad está socialmente perseguida y el código penal contempla inclusopenas de cárcel por este motivo.

Selima confía en que pronto recibirá una buena noticia en forma respuesta, porque regresar a su país, aclara, no es una opción. Por lo pronto, se aferra a la esperanza de que las cosas saldrán bien para no perder la paciencia en Melilla, donde todavía se siente tan cerca del sitio del que salió huyendo. “Quiero subir a Madrid y vivir tranquila, sin que nadie me moleste por mi forma de ser”, resume.

Nora, 27 años, Berkan (Marruecos): “Vine con diez años a trabajar de interna en una casa. La familia me maltrató”

Nora llegó a Melilla cuando tenía diez años para trabajar en casa de una familia, donde fue maltratada. Dos años después, ingresó en un centro de menores en Melilla.- IRENE QUIRANTE

La sonrisa de Nora, de 27 años, no desaparece ni cuando se refiere a los episodios más oscuros de su infancia. Quizás sea porque el suyo es uno de los pocos casos de menores no acompañados que terminan con final feliz. Según cuenta, su madre la abandonó cuando tenía 40 días de vida y no conoció a su padre hasta que no fue mayor de edad. “Fueron mis tíos y mi abuela quienes me criaron”, explica, sin que se note ni ápice de pena en su voz. Cuando tenía diez años, continúa relatando, una familia de Melilla propuso a sus tutores que ella viniera a trabajar de interna a su casa, donde, entre otras tareas, limpiaría y cuidaría de una señora mayor. “Mis tíos aceptaron porque les prometieron que estudiaría en un colegio, que no me faltaría nada y que conseguiría los papeles, pero todo era mentira”, cuenta.

Según sostiene la joven, fue maltratada de forma reiterada por varios miembros de la familia con la que vino a vivir a Melilla. “No podía escapar de la casa porque no sabía ir más lejos que a la tienda y no hablaba español”, rememora. Otra mujer, que le ayudaba en las tareas limpieza, se puso en contacto con su tía para narrarle el infierno en el que se encontraba atrapada su sobrina. “Vino corriendo y me sacó allí”, afirma Nora. “Yo tenía tanto miedo que no quería ni denunciar, pero mi tía insistió”, recuerda. Cuando estaban en comisaría, los policías detuvieron durante tres días a su familiar por abandono de menores.

Al quedarse desamparada, los agentes trasladaron a Nora al centro Gota de Leche para que no estuviera sola mientras su tía permanecía en el calabozo. “Rápidamente me di cuenta de que el sitio me gustaba”, apunta la joven. Allí encontró aquello que había venido buscando: una educación y una puerta abierta a conseguir la documentación. “Cuando mi tía vino a recogerme le dije que quería quedarme porque era un sitio muy tranquilo y me lo pasaba muy bien con las monjas”, señala. Abandonó el centro a los dos años para mudarse con su familia a Villareal.

De acuerdo con su versión, los siguientes años los pasó entre la Península y Marruecos, hasta que regresó sola a Melilla cuando tenía 17. “Volví porque me di cuenta de que quedaba poco para que se me caducase la documentación y no quería cumplir la mayoría perdiendo todo por lo que había luchado”, comparte la mujer. En sus últimos tres meses como menor estuvo acogida en el centro de la Divina Infantita, donde actualmente hay unas 32 niñas. “Gracias a Dios, cumplí los 18 años con la residencia en regla, si no, no sé qué habría sido de mí”, comenta Nora.

Desde entonces, ha obtenido varios trabajos como dependienta o ayudante de cocina. Actualmente, reside en La Cañada, uno de los barrios más conflictivos de Melilla, donde vive con sus hijos de uno, cinco y siete años. Aunque lleva un año en paro, por las mañanas da clase de dibujo a un grupo de mujeres de zonas desfavorecidas. “Pido que a mis niños no les falte de nada, es lo que quiero del futuro, que no tengan dificultades”, apostilla. Para Nora, todo lo sufrido ha merecido la pena con tal de que sus hijos se enfrenten a un camino más fácil que el que ella tuvo.

* Este reportaje forma parte de la serie Radiografía de los menores migrantes, elaborada por Público en colaboración con PorCausa.