Niña "Piedad",
hoy he conseguido estar a tu lado
A veces quisiera parecerme a un
niño y virtualmente lo consigo. Sentirme más cerca, como si fuéramos
almas gemelas, nuestra dulce "Piedad"; y estar con ella mucho
tiempo y poder mitigar esa soledad que yo entiendo y para ella debe de
ser muy aburrida. Poder estar a su altura, ya que agacharme casi me
cuesta un poco, por eso de los años? Tenerla frente a mí, a la misma
altura nuestros ojos y sonreírle con todo el afecto y comprensión que
pueda transmitir un niño. Y a la vez, verla sonreírme y dispuesta a
jugar conmigo, sin que descubra que ya soy un viejo, un viejo de verdad.
Un viejo sentimental que lleva dentro ese niño que le acompaña y que
nadie ve ni comprende, un niño que sabe de la soledad, del silencio que
fue interrumpido por las exigencias que los años obligan y le
arrebataron todos sus párvulos sueños para cumplir con las formas y
obligaciones de la vida. Crecer, luchar, vegetar y morir cuando me
llegue la hora. Un niño travieso, también, que a veces se escapa de su
encierro y busca su libertad en los nostálgicos sueños? Así hoy, he
conseguido sin el menor esfuerzo, estar junto a "Piedad"; y
podemos jugar, correr por los campos como si fuéramos jóvenes
cervatillos buscando el peñasco más alto y desde arriba, mirando hacia
donde ustedes están, poder verlos moverse en el mismo lugar de siempre,
esperándonos.
Yo tengo un extraño sentido que me guía, que me dice hasta dónde debo
llegar; mis vértigos son muy agudos y recojo mis pasos a tiempo para no
adelantarme. Prefiero soñar. Que nadie advierta ni oiga mis pasos,
prefiero estar solo y ser libre, sin que nadie pueda burlar mis
sentimientos; poder convertirme, igual en un niño, que en un hermoso
gigante con corazón de niño. Librar mis pensamientos, poseer voluntad
propia y poder censurar las injusticias del hombre o de la mujer, poder
desde mi silencio hablar con el Juez Divino, como si fuéramos amigos y
rogarle por caridad, como si yo fuera el más triste de los hombres, que
haga algo por "Piedad", mientras yo la entretengo con nuestros
juegos infantiles, corriendo por el campo, buscando a lo lejos una ruta
ilusionada. Hablar en las noches de Luna llena, con las estrellas del
firmamento, ponerle un nombre familiar a cada una de ellas. Y cuando la
vea triste por los recuerdos que puedan asaltar su infantil mente,
acariciarla dulcemente y decirle muy quedamente al oído: ¡No llores,
sigamos jugando! Tal vez mañana sea todo distinto y lloremos juntos de
felicidad.
Celestino González Herreros