PRODENI

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EXCLUSIVO TESTIMONIO REMITIDO A LA ASOCIACIÓN PRODENI DE UNA VÍCTIMA DE AGRESIÓN SEXUAL A MANOS DE UN SACERDOTE DE LA I. CATÓLICA OCURRIDO EN LA ESPAÑA DE LOS AÑOS 70 

11/10/2018

 

El relato de los hechos, aunque lejano en el tiempo, se nos presenta de rabiosa actualidad, tanto por el momento histórico que ahora vivimos de escándalo mundial de la pederastia en la Iglesia, como por lo que se ofrece de botón de muestra de una realidad que en España sigue siendo opaca. Necesitamos una narrativa que nos equipare con la de otros países. En ese sentido vaya nuestra felicitación al diario El País por su reportaje: https://elpais.com/sociedad/2018/10/12/actualidad/1539342033_382311.html (La Iglesia Española silencia desde hace décadas los casos de pederastia).

Del presente testimonio impactan y sobrecogen las circunstancias y estrategia seguida por aquel sujeto, aprovechándose de su estatus y de su facilidad para acceder a colegios religiosos de niñas, lo que, sin duda, hace suponer un número importante de abusos sexuales a lo largo de sus desplazamientos. Estamos ante un auténtico y perfecto depredador que, en aquellos años, se movió de un lado para otro con total impunidad.

"Comenzaban los años 70. Era una adolescente de 14 años para 15, sociable y buena amiga de mis amigas. Quería estudiar medicina, veterinaria o psicología. Estaba haciendo 5º de bachiller en un colegio de monjas de la isla de Tenerife. Como éramos un buen grupo de amigas no me afectó estar tantos años en un centro religioso, tenía mi propia forma de pensar y no era tan fácil convencerme de aquello a lo que a mí me producía interrogantes. Creía en Dios a mi manera y me mostraba algo rebelde, sólo dentro de mí, con las normas de la misa, pero no dejaba de ser sumisa y tolerante. Era una niña alegre, algo introvertida y extrovertida a la vez según con quien. Venía de una familia normal, bien estructurada, de principios y católica pero con unos criterios muy claros dentro de la libertad bien entendida, la tolerancia y el respeto.

Lo que voy a narrar a continuación lo recuerdo como si fuera ayer, jamás en mi vida lo he olvidado y han pasado ya cerca de 50 años, nunca lo he escrito y contadas veces lo he dicho. A pesar de la claridad de los recuerdos, sí me confunde la época en que fue, creo que sucedió casi a final de curso pero no estoy segura. El hecho es que nos comunicaron que iba a venir un sacerdote psicólogo de la Península, que nos iba a hacer un test durante una semana o diez días y que iba a ser muy completo. Yo me ilusioné, nos ilusionamos todas, era algo diferente, innovador y en aquella época no se hablaba mucho de caracteres, inteligencia, cualidades, más bien, nos teníamos que descubrir a nosotras mismas en todos los sentidos.

Yo era una niña, nada que ver con las jóvenes más formadas e informadas de hoy. No es que fuéramos tontas pero nadie nos había explicado nada sobre la sexualidad y aún jugábamos al anillito, al huevo frito, a la piola, al baloncesto y no hacía mucho que habíamos dejado de creer en la cigüeña y en los Reyes Magos. 

Pues bien, llegó el sacerdote anunciado. Se presentó un hombre alto, corpulento, de mediana edad, podía tener 38 o 40 años, medio calvo, ojos algo claros igual que su piel, tenía manos de cura, vestía un traje chaqueta gris, iba con una maleta negra e imponía su presencia. Hosco de carácter, seco, parecía muy profesional. Me admiraba el trabajo que iba a realizar, me parecía muy interesante.

Comenzamos pues los estudios, el aula llena de niñas y en silencio, con una cantidad de pruebas sobre nuestros pupitres; preguntas, dibujos, interpretaciones, cuestiones matemáticas, ejemplos, redacciones…así se sucedieron, horas y días, dejando las clases a un lado para darle prioridad a aquel estudio tan importante para la directiva del colegio.

Aquel hombre, de pasos largos y lentos, de pie firme y figura estática, no decía una palabra más que las necesarias para dar instrucciones. No recuerdo verlo reír. Cada día, creo que durante una semana completa o un poco más, era él el que nos recibía en nuestra aula y la monja pasaba de vez en cuando por allí a dar una vuelta, me imagino para ver cómo nos estábamos comportando nosotras.

Terminamos las pruebas y recuperamos la rutina del día a día en nuestro cole. Tenía curiosidad por conocer los resultados de aquel trabajo tan inmenso e importante que se nos había hecho. 

Aproximadamente después de unas dos semanas se me avisa, a mí particularmente, y a otras niñas por separado, sólo un pequeño grupo de la clase, que ya están los resultados y que el psicólogo nos va a recibir por separado, y en días diferentes. Al resto se le entregaría el resultado del test y ya estaba.

Teníamos clase por la mañana y por la tarde, fue por la tarde cuando me citaron, estoy casi segura. El colegio era enorme; galerías que giraban en torno a un patio central. El despacho al que tenía que acudir estaba al otro lado de mi aula, en la misma segunda planta. Nunca había ido a aquel sitio. Yo vestía como siempre. Recuerdo perfectamente que llevaba mi blusa blanca de manga baja, mi uniforme azul sin mangas de cuello cuadrado y con falda de tablas, mi rebeca y sobre ésta el babi de rayas.

Entré con curiosidad y respeto. Toqué en la puerta, el se levantó y la cerró, se sentó ante una mesa de tamaño normal y yo frente a él.

Empezó hablándome del test, recuerdo rayas de colores que hablaban de la intensidad de tu carácter según tus emociones, rayas azules y rojas según su longitud. Me habló de mi emotividad, de mi sensibilidad, de mi capacidad intelectual, de mi introversión, de mi inteligencia…duró poco tiempo esa explicación, muy poco tiempo y ahora mismo mi corazón estalla en mi garganta y mis manos me tiemblan al recordar.

Pasó rápidamente a hablarme de mi regla, a preguntarme, a decirme que le dijera el lugar justo donde me dolían los pechos antes de la regla, con una mano, la derecha, la otra no la tenía sobre la mesa. Con aquellas manos de cura cogió una pinzas que estaban sobre la mesa y empezó a tocarme a los lados de los pechos. Me dijo que me quitara el bata, que me iba a explicar algo sobre la sexualidad que tenía que saber y conocer a mi edad, continuó tocándome con su mano mientras su cuerpo se movía –yo no entendía por qué- me decía frases inconexas que no podía entender, que tenía que desnudarme por la noche, que me echara desnuda sobre el suelo con la ventana abierta y me tomase un vaso de leche al revés, sólo así me iba a hacer una mujer. Aquel hombre pálido de rostro estaba colorado, encendido y yo asombrada con una pena dentro impresionante pero no sabía qué hacer. Me dijo entonces que me quitase la rebeca, que todo era inútil si no colaboraba y ni siquiera el test iba a ser efectivo, seguía moviendo su cuerpo, respirando y babeándose sin entender por qué. La mesa era suficientemente pequeña para tocar bien mis pechos y mi boca. La mesa temblaba. Más adelante me di cuenta de que todo aquel movimiento era porque se estaba masturbando. Jadeaba. 

Me dijo entonces que me quitara más ropa y me echara en el suelo para hacer un simulacro de lo que yo tenía que hacer en casa para poderme beber el vaso de leche. Me levanté, con pena de mí misma, sin saber para dónde correr…aquello no podía ser normal. Se acercó a mí y vi que estaba medio desnudo, me apretó…fue horrible, no puedo contarlo…corrí hacia la puerta, estaba pasada la llave, quería llorar y estaba bloqueada. No se cómo acerté a abrir aquella puerta enorme de color beig, grandísima.

Salí, creo que rompí a llorar o estaba a punto, pero estaba al límite, no podía casi ni hablar. Justo a unos metros de la puerta me encontré a una aspirante a monja, Lucía, una chica joven a la que yo le tenía mucho cariño y fue como si viera el cielo. Entonces, con voz entrecortada, le dije muy escuetamente, lo que me había ocurrido. Su cara cambiaba y sus palabras fueron: Si le cuentas a alguien esto hablo con la superiora para que te expulse del colegio. Me quedé muerta, no sabía si me había creído o estaba protegiendo al sacerdote.

Esa tarde fui, como siempre, en el micro para casa. Creí que no llegaba. Se me había caído todo encima. ¿En quién creer? ¿Cómo era posible? Me sentía sucia y hasta culpable por no haberme ido antes de aquel lugar. No podía hablar, estaba absorta en mí misma.

Llegué a casa y me bañé, fui a la habitación de mis padres y tuve la valentía porque lo necesitaba tremendamente de contárselo, por encima ya que sentía una vergüenza enorme. No recuerdo un abrazo de ellos pero creo que era porque estaban impresionados y no sabían qué decirme. Mis padres esa misma tarde noche fueron al colegio. Los esperé, seguía sintiéndome muy mal, no podía situarme en ningún sitio, estaba perdida, confundida. Llegaron muy tarde y no fueron a mi habitación.

Mis padres hablaron conmigo de esto a los dos días siguientes. Me explicaron que a otras niñas a la que citó el psicólogo les había ocurrido lo mismo, que todas presentábamos un perfil similar y que iban a hacer lo posible por expulsar al cura del sacerdocio.

Aquel tema se convirtió en tabú, mis padres pensaban equivocadamente que así, sin hablarlo, iba a olvidarlo antes. Jamás tuve en mis manos el test psicológico, al menos para yo misma cerciorarme que no había sido una pesadilla. Renegué mucho tiempo de la iglesia, de los curas, del hombre…Me costó remontar y seguir creyendo en el ser humano, algo que he logrado pero 48 años después no he logrado jamás olvidarme de aquello, de sus manos, de su cara, de su movimiento, de su boca babeante…de mi impotencia y mi confusión. Siempre ha estado presente en mi vida ese momento.

He crecido como persona y, gracias a mis fuerzas he salido adelante con los reveses que la vida te tiene reservados. Todavía hoy, después de la muerte de mi padre, rebusqué buscando ese test. No vivo del recuerdo, intento no torturarme, hay una muralla que hace que olvide para sobrevivir pero me falta algo."