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SOCIEDAD

 
MIGUEL HURTADO / Psiquiatra

“Si no se denuncia, los abusos seguirán ocurriendo”

María R. Sahuquillo Madrid 22 FEB 2014


Miguel Hurtado, en una iglesia católica del centro de Londres

Miguel Hurtado se sentía seguro en la Iglesia. A salvo. Hasta los 16 años, cuando el sacerdote responsable del grupo de jóvenes de su parroquia abusó de él. “Fue un shock.Vengo de una familia muy católica y jamás había esperado algo así”, remarca. Confundido y apenado, decidió hablar con otro sacerdote con el que tenía mucha confianza. Necesitaba consejo. Hablar de lo ocurrido. Y aquel otro religioso, a cargo de una parroquia barcelonesa, lo único que hizo fue quitarle hierro al asunto. “Me dijo que hablaría con su superior, que seguramente se le diera un toque, pero que siguiera yendo al grupo. También me dijo que mejor no se lo contara a mis padres, que lo único que conseguiría es hacerles sufrir”, relata.

Hurtado es ahora psiquiatra, tiene 31 años y trabaja en un hospital de Londres. Habla sin tapujos de lo ocurrido 15 años atrás. “Él se aprovechó de que yo estaba pasando una época difícil para abusar de mí”, remarca. Explica también que al principio hizo caso al sacerdote que le aconsejó guardar silencio. Pero no lograba librarse de la desazón. De la sensación de que no se estaban haciendo las cosas bien. Al final, se lo contó a su familia: “Mis padres, muy religiosos, se pusieron en contacto con su superior. Él le dijo a mi madre que movería a mi abusador de sitio y la felicitó por haber tomado la ‘buena decisión’ de no denunciar”.

A los 22 años, “más fuerte e independiente”, decidió acudir a la justicia, pero el caso había prescrito. “Llegamos a un acuerdo extrajudicial con sus superiores para los gastos de terapia...”, dice. Le dieron 7.500 euros. “Solo queríamos eso, para que no pudieran decir, como suelen hacer, que íbamos tras el dinero”, insiste. Tras el acuerdo, en el que se comprometía a guardar discreción, siguió con su vida, pero años más tarde, tras leer sobre el caso de un sacerdote estadounidense que había abusado de decenas de jóvenes, empezó a investigar a su agresor. A pensar que quizá había otros como él. “Descubrí que había publicado un libro sobre su labor frente al grupo de jóvenes, que aquellos que dijeron que le alejarían le homenajeaban así. En ese momento me di cuenta de que si no denunciábamos, los abusos seguirían ocurriendo”, dice.

Hurtado es una de las víctimas que acudió a contar su historia ante el comité de la ONU que analizaba el comportamiento del Vaticano ante decenas de casos como el suyo: “Allí, por una vez no nos cuestionaron. Y lo trataban todo con tanta transparencia... Me di cuenta de que lo más dañino para mí no había sido el abuso, sino el encubrimiento”. Cree que el varapalo de la ONU —que pide al Vaticano que entregue a los pederastas— servirá de acicate para que las autoridades civiles se atrevan a perseguir estos delitos. La respuesta de la Iglesia, sin embargo, que ha alegado que este se trata de un ataque más contra la libertad religiosa, no le ha sorprendido. “Muchas veces las víctimas, también algunos que como yo hemos dejado de creer, respondemos de una manera cristiana ante los obispos. Ellos, en cambio, se comportan más como fariseos”.

 


Las víctimas del clero tienen el perdón pero claman justicia

Inés Santaeulalia México 22 FEB 2014


El pasado 16 de enero la ONU firmó un momento histórico al obligar al Vaticano a responder sobre la pederastia en el seno de la Iglesia. Fue la primera vez que un organismo civil se atrevió a interrogar a la Santa Sede. Los portavoces de Roma respondieron con evasivas y sin datos concretos a las preguntas directas e incisivas de los miembros del Comité sobre los Derechos del Niño en Ginebra, que emitieron un durísimo informe en el que acusan al Vaticano de proteger a los sacerdotes pederastas y de exponer a los niños ante los abusadores. El documento exige a Roma que entregue a los curas criminales a la justicia común.

Las organizaciones de víctimas de todo el mundo han celebrado la actuación de Naciones Unidas, pero el dolor individual no se cura con un informe. Quienes han sufrido los abusos sexuales de una persona a la que reconocían como guía espiritual arrastran años de silencio, sentimiento de culpa y horas de terapia. Los que se atrevieron a denunciar han sido, en su gran mayoría, ignorados o presionados por las propias autoridades de la Iglesia en su afán de evitar un escándalo.

Las víctimas luchan para que se juzgue no solo a los pederastas, sino a quienes protegieron a los criminales. El silenciamiento de los casos ha funcionado como una especie de tortura psicológica para ellos. El secreto ha sido una norma impuesta en la Iglesia desde hace décadas. Ya en 1962 una instrucción obligaba a todos sus miembros a guardar silencio sobre los casos de abusos bajo pena de excomunión y, aunque el documento sufrió varias modificaciones, la esencia se mantuvo incluso en la revisión del año 2001.

Las denuncias fueron resueltas con traslados de pederastas de un país a otro o, sobre todo en EE UU, con millones de dólares para comprar el silencio de las víctimas. En otros casos, la presión de las autoridades de la Iglesia y el miedo al señalamiento fueron suficientes, por lo que aún hoy es difícil hacer una valoración exacta del número de casos que se han producido en todo el mundo. El Vaticano, que sí ha reconocido y lamentado el escándalo de la pederastia en sus filas, se ha negado hasta ahora a dar datos concretos que ayuden a cuantificar la magnitud del problema.

Este periódico ha buscado a varias víctimas que han vencido el miedo a dar la cara. Los localizados son todos hombres. La mayoría de las víctimas fueron niños, aunque también hay mujeres. Cuentan cómo se han sentido todos estos años y cómo se sienten ahora que Naciones Unidas ha reconocido el problema. Para ellos el daño sufrido es irreversible, pero la meta de su lucha es que se encarcele a los responsables y a quienes los protegieron. Lo único que podría volver a hacerles creer en la justicia. “La única forma en la que la Iglesia se va a limpiar es que el Vaticano sea juzgado por un tribunal exterior”, insiste Joaquín Aguilar, agredido sexualmente por un cura a los 13 años. Graham Wilmer lo consiguió 31 años después, tras encontrar a su abusador y recopilar decenas de cartas en las que lo reconocía todo. Su caso no prosperó, pero ayudó a sanarle. Miguel Hurtado, que vivió los abusos de un sacerdote a los 16, no consiguió recurrir a la justicia. Su caso había prescrito. Ahora, 15 años después cuenta que casi tan dañino como esos maltratos fue que la Iglesia encubriera a su agresor. Mark Crawford, que sufrió agresiones sexuales de un cura cercano a su familia desde los 13 hasta los 20 años cree que la Iglesia está estancada en el ocultamiento. “Sigue escondiendo a pederastas”, alerta.