PRODENI

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Cada año se registran más de 3.400 casos de agresión de hijos a padres en España

El número de padres que son maltratados por sus vástagos crece en España, donde se estima que cada año ocurren unos 3.400 casos de agresión «más psicológica que física»

¿Existen padres maltratados por sus hijos? Sí. Y las cifras que los representan van en aumento. Son personas como cualquiera, que han formado una familia con la ilusión de llevar una vida feliz, pero que, sin embargo, un día descubren que su hogar se ha transformado en un campo de batalla. La guerra es con los propios hijos, quienes asumen el papel de 'tiranos' y determinan las reglas del juego. Una dinámica perversa que, según la Fiscalía General, produjo 368 agresiones en 2003 y que el Centro Reina Sofía ya mencionaba tres años antes, cuando contabilizó más de 2.000 casos de maltrato en general, desde insultos reiterados a golpes.

Los padres maltratados son hombres y mujeres que han cruzado el límite de la tolerancia y la paciencia. Parejas que ven cómo crecen sus retoños a la par de los problemas. Para ellos, la cuestión ya no es lidiar con un chaval irrespetuoso o hacer frente a una 'adolescencia difícil'. No. En su caso es posible iniciar una disputa en casa y terminarla en el juzgado.

Entre ambos extremos, el enfrentamiento se vuelve itinerante por centros del menor, gabinetes de abogados, el despacho de un director de instituto que ha expulsado al joven por problemas de conducta, psicólogos, asistentes sociales El día a día de estos padres está más allá de lo que alguna vez hubieran podido imaginar. Y lo sorprendente no es sólo que existan casos de violencia filial. Lo «alarmante» es que esos casos han aumentado de una manera «notable».

Así lo asegura José Luis Calvo, fundador y vicepresidente de la Fundación Prodeni, un organismo creado para la defensa de los niños donde, paradójicamente, «cada vez son más los padres que nos llaman» con frases como «mi hijo me pega». Diversas instituciones confirman el incremento con números concretos. El Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia ya alertaba en un informe que los casos de maltrato de hijos a padres aumentaron un 12% entre los años 1997 y 2000. En el Ministerio del Interior, las cifras anuales pasaron de 3.086 a 3.484, sin contar con las posibles demandas tramitadas por la Ertzaintza y los Mossos d'Esquadra. Cuatro años fueron suficientes para detectar más de 13.200 casos. Además, la memoria de la Fiscalía General del Estado revela que, entre 2002 y 2003, el número de hijos maltratadores aumentó en un 28% mientras que los expedientes abiertos por este motivo casi se han cuadruplicado. Y eso que la inmensa mayoría de los conflictos se solucionan fuera del juzgado.

Aunque las instituciones se muestran en alerta por esta subida, los especialistas en violencia doméstica dejan entrever que ni siquiera esas cifras alcanzan a representar la realidad. Como ocurre con las agresiones contra la mujer, no todos los casos ven la luz ni son denunciados. Por vergüenza o porque existe un desconocimiento «enorme».

Mayor apoyo

Un grupo de padres víctimas de malos tratos filiales en Palma de Mallorca ha redactado un documento en el que explican su situación. «Hemos recurrido a equipos profesionales sin encontrar un camino concreto y viable para encauzar eficazmente los problemas. Somos conscientes de que hay muchísimos padres y familias, a todos los niveles, afectados por situaciones similares». Además de solicitar un mayor apoyo institucional, el colectivo discute los marcos legales actuales: «Existe una Ley del Menor que protege y garantiza sus derechos, pero ¿existe una ley de protección de los padres que son víctimas de la violencia?».

El abogado Vicente Peláez, especialista en temas relacionados con la juventud, sostiene que «los progenitores sí tienen vías legales para defenderse de las agresiones», pero apunta que estas vías «muchas veces no se conocen o, en su defecto, no se utilizan». Miembro del Colegio de Abogados de Madrid, Peláez trabaja en un servicio de orientación jurídica a menores. Según explica, las agresiones están reguladas en la Ley de Responsabilidad Penal del Menor y «son constitutivas de delito». Si el chaval tiene entre 14 y 18 años puede ser juzgado por sus acciones y recibir una sentencia desfavorable.

Cuando una familia decide llevar el caso ante un juez, el hijo recibe la visita de un equipo técnico -formado por un psicólogo, un educador y un asistente social- que evalúa su carácter y «se encarga de redactar un informe para el expediente fiscal», indica el letrado. A partir de ese momento, tiene lugar el juicio y, en caso de condena, se abre «un abanico de opciones» que abarca desde la libertad vigilada hasta el ingreso en un centro tutelado.

Sin embargo, como sostiene Peláez, lo habitual es que «el problema quede resuelto antes de manera extrajudicial mediante una conciliación», y nunca se plasme en la estadística fiscal. No es lo mismo una discusión en el salón de casa que, llegado el momento, sentar a un hijo en el banquillo. «¿Qué padre querría denunciar a su propio hijo?».

«Yo mismo no sé qué haría si me tocara vivir una situación así», agrega el abogado. Probablemente, optaría por comportarse de la misma manera que la mayoría de las parejas que se presentan en su despacho: compartir el drama, echarse a llorar y, luego, marcharse «sin emprender acción legal alguna». Salvo que el maltrato sea «muy extremo», y aun así, «siempre preferirán la vía civil a la penal».

Está claro que existen fórmulas legales para defenderse de un agresor, aunque éste sea menor y «aunque el menor sea su hijo». Pero también es evidente que las víctimas «aguantan hasta el final». El fundador de Prodeni ha visto a afectados que, «al principio, se oponen a la 'tiranía' de los chavales, pero, al final, acaban cediendo. Buscan excusas para disculpar y justificar a sus hijos, ocultando de alguna manera su derrota como padres».

-¿Y qué tipo de agresión están dispuestos a aguantar?

-Todas. Los límites son difusos y el poder de sus hijos les desborda.

Los malos tratos suelen ser «tanto físicos como psíquicos», pero, en general, estos últimos son más frecuentes. Insultos, vejaciones, amenazas 'O me compras esto o me pongo delante de un coche', 'si no me dejas volver de madrugada, te denuncio por pegarme'

El proceso previo a estas frases suele comenzar cuando el chaval «pasa de todo, se encierra en sí mismo y en su habitación. Contesta con monosílabos y, en muchas ocasiones, se muestra totalmente apático», detalla Calvo. Después, la situación empeora. «El adolescente va cortando la relación con sus padres, quienes, llegados a un punto, le estorban y acaban transformándose en un obstáculo».

En ese instante suelen aparecer las respuestas agresivas. Si no se hablan o corrigen a tiempo pueden derivar en insultos, «todo tipo de desprecios y amenazas» y un bajo rendimiento académico, como consecuencia de la «pérdida total del respeto y del sentido de la autoridad». La situación, en definitiva, «se vuelve insostenible» para unos progenitores que, ante todo, «se sienten fracasados».

José Luis Calvo achaca este fenómeno a «un cúmulo de circunstancias», entre las que destaca «una sociedad excesivamente permisiva», unos padres «muchas veces inmaduros» y una «falta de implicación y responsabilidad» en el crecimiento de los niños. En su opinión, la tarea educativa «es delegada al mundo del ocio» porque los mayores «están centrados en el trabajo y otros asuntos, y no tienen tiempo para compartir con sus hijos».