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El Confidencial
 

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"Hacemos creer a los niños que esto es jauja, que es fácil acabar con millones y coches de lujo. El fútbol es una estafa"
 

La historia del 99,8% de los jugadores

Jacinto Elá, el futbolista que fue el mejor del mundo y lo dejó a los 26 para ser azafato

Futbolistas ricos que actúan como niños, entrenadores y agentes que anteponen su comisión o la soledad insufrible de las lesiones fueron parte de la vida de Jacinto

Foto: Jacinto Elá.Jacinto Elá.
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22/10/2019

El primer recuerdo futbolístico de Jacinto Elá (Guinea Ecuatorial, 1982) es el gol de Oman Biyik a Argentina en Italia 90. No lo vio, solo la que se lio a través de la ventana: "Mi padre era legionario y por entonces vivíamos en la colonia de la Legión en Fuerteventura, en Canarias. Allí había una importante comunidad de soldados africanos, no solo guineanos, y de repente salieron todos al patio de la residencia, gritando y bailando, porque Camerún había marcado", dice Jacinto. "No conocía a ningún jugador del Mundial, pero vi lo importante que era un gol para la gente".

En aquel momento, Jacinto nunca había visto ni jugado un partido de fútbol. No tenía ídolos. A la misma edad, Iniesta jugaba en los benjamines del Albacete y Messi marcaba goles desde 20 metros en Rosario. Un año después, en 1991, Jacinto se mudó junto a su madre y sus hermanos a Barcelona y el destino salió a su encuentro: "Eran los años del 'dream team' de Cruyff y la fiebre de los Juegos Olímpicos, Barcelona era una ciudad que respiraba fútbol, estaba en todas partes: en la tele, en las plazas, en el colegio...", dice el hispano-guineano.

Esta es la historia de un niño que no quería ser futbolista, pero fue nombrado mejor jugador joven del mundo. La de un chico que quiso entender los porqués de un negocio que solo sabe de goles, euros y grandes expectativas. La de un hombre que, abatido su sueño de debutar en Primera, encontró la paz como azafato de un tren de larga distancia.

A los 14 años era el mejor jugador del mundo. A los 19 entrenaba con Le Tissier. A los 26 se retiró para siempre

No es la clásica historia de éxito deportivo, sino la del 99,8% de los futbolistas. "Solo el 0,2% de los federados llega a Primera División, sin embargo, hacemos creer a los niños que esto es jauja, que es fácil acabar con millones y coches de lujo. El fútbol es una estafa, la realidad es que es más fácil ganar la lotería", afirma un exfutbolista que pudo volver para contarlo, concretamente en su libro 'Fútbol B: Lo que me habría gustado saber del fútbol'.

A Jacinto el fútbol le alcanzó por los horarios. "Mi madre llegaba de trabajar a las 9 de la noche y nos dijo a mí y a mis hermanos que no podíamos estar en la calle tantas horas, que había que buscar un sitio donde pasásemos la tarde". Así fue como los hermanos Elá recalaron en las categorías inferiores del Sant Feliú, en lo más profundo del fútbol base catalán. "Con 9 años nos cruzábamos la ciudad solos para ir a entrenar. Mi madre nunca nos podía venir a buscar ni siquiera a ver los partidos, porque siempre estaba trabajando. Era duro, pero lo hacía con gusto porque el fútbol me empezaba a apasionar", explica.

Jacinto era un niño ágil. Corría rápido, mostraba gran coordinación y podía hacer volteretas en el aire. Pronto destacó en el Sant Feliú, pero sabía que llevaba años de retraso con sus compañeros, así que dedicó todo su tiempo al balón: "Veía que era bueno y que estaba mejorando, así que me obsesioné. Además del entrenamiento, jugaba todas las tardes en el Parque de la España Industrial, detrás de la estación de Sants, a menudo con gente mayor. Horas, horas y horas. Ahí aprendí mucho", dice. "Y luego en el colegio jugaba los partidos más tensos que he disputado en mi vida: gitanos contra payos. Yo iba con los payos, en los que había españoles, marroquíes, negros... ¡Había que jugar con cuidado porque te jugabas una paliza!", ríe.

En Sant Feliú, Jacinto y su hermano eran los dos únicos chavales que no pagaban la cuota. No había dinero. De aquellos primeros partidos, lo que mejor recuerdo les trae son la Coca-Cola y el bocadillo de chistorra que les daba el club al terminar. "Mi madre no podía darnos ese tipo de comida cada semana, así que para nosotros comer chistorra todos los sábados era un lujo, nos encantaba", dice.

La fábrica de talentos

Al año siguiente, tras un fugaz paso por L'Hospitalet, el Espanyol se lo llevó a su cantera. Fue una sorpresa para Jacinto, porque no sabía de la existencia de fútbol base en los grandes clubes: él pensaba que había equipos de niños y equipos de adultos, pero que no podían ser los mismos. En el Espanyol creció como futbolista y se afianzó como extremo diestro, pero también descubrió el sufrimiento de sus compañeros en su camino al estrellato.

El proceso de formación de niños en futbolistas es lo que más critica Elá en su libro: "El Espanyol tiene una residencia de jugadores, como La Masía del Barcelona, donde vivían los niños que venían de fuera. La mayoría eran muy buenos, pero todos rendían por debajo de su nivel y eran reservas, simplemente porque no estaban adaptados. En el colegio todo era en catalán y tardaban en poder comunicarse con sus compañeros; y después, en casa, no tenían a sus padres ni a sus amigos. La gente no se imagina el impacto que tiene sobre un niño sacarlo de su mundo e introducirlo en un entorno ultracompetitivo. Había cuatro canarios que lo pasaban muy mal y yo, que venía de allí, sabía que solo los 40 minutos de autobús o metro hasta el entrenamiento eran un estrés para ellos, tenían que recorrer una ciudad que es mucho más grande que toda su isla".

Otro de los problemas, según el exfutbolista, consiste en la presión a la que se somete a los niños. Se examinan cada fin de semana sobre el césped y siempre se envía a alguno de vuelta a casa. 'Boom or bust', como en las consultoras. Hay una cita en su libro que resumen bien la situación: "Los niños fantasean con jugar en Primera División, jugar en la Copa de Europa... pero también con ser médicos, bomberos o astronautas. La diferencia es que desde niño puedes ser futbolista; en cambio, solo puedes disfrazarte de médico, bombero o astronauta. Es imposible que un niño haga chequeos reales a enfermos, o que sus padres le permitan ir al monte a apagar un fuego. Pero sí puede jugar con un balón y unas botas de auténticas y tener a un público entregado, los padres (...) Y puede lesionarse, y retirarse llorando del campo por la impotencia de no poder ayudar a sus compañeros (...) Por otro lado, competir contra tus compañeros por un puesto es lo contrario a la infancia".

Elá también lamenta que la vida académica se desvanezca en cuanto llegan los resultados deportivos. "Yo era muy, muy buen estudiante y los libros dejaron de interesarme. Simplemente no pertenecen a la vida del joven futbolista, estaba centrado en ser el mejor sobre el campo. Para que te hagas una idea, yo suspendía gimnasia mientras jugaba en el Espanyol. Como todo mi mundo giraba en torno a los entrenamientos y los partidos, cuando iba a gimnasia reservaba todas las fuerzas que podía. En el test de Cooper, por ejemplo, me retiraba en cuanto había conseguido la mínima marca para aprobar. Dejaba de correr para poder hacerlo mejor en el entreno de después, tan sencillo como suena".

El mejor del mundo

Aquellos esfuerzos dieron su fruto, aunque quizá demasiado pronto. Con solo 13 años, Jacinto Elá fue nombrado mejor jugador en la Nike Premier Cup, por entonces el torneo sub17 más importante del mundo. "Jugamos seis partidos contra rivales como el Real Madrid, el PSV, el Borussia de Dortmund o el Manchester UTD, recuerdo que éramos los más pequeños de edad. Lo hice bien toda la competición y marqué en la final, que ganamos. Ahí fue donde cambió todo", dice Jacinto.

No sabes la de vueltas que daba cuando se me rompían las botas, pensando de qué manera podía decírselo a mi madre sin que se enfadase

Se convirtió en el foco de los ojeadores y muchos clubes empezaron a llamarle. De un día para otro el Espanyol empezó a pagarle una ficha, los medios le iban a buscar todas las mañanas a la residencia y Nike le firmó un contrato de tres años para proveerle ropa. "Eso fue increíble, prácticamente ningún niño de mi edad tenía un contrato así. En el colegio me llamaban 'el niño Nike' porque no llevaba otra ropa, iba todos los días en chándal. Cambié por fin mis botas de fútbol del Pryca, que me hacían un daño tremendo en el dedo del pie, por unas mucho mejores. Para mí, lo más importante de esto fue quitarle a mi madre el peso económico de tener que comprarme ropa, porque no podíamos permitírnoslo. No sabes la de vueltas que daba por el pasillo cuando se me rompían las botas, pensando de qué manera podía decírselo a mi madre sin que se enfadase", admite.

También empezó a llamarle Iñaki Saenz para las categorías inferiores de la Selección, donde coincidió con ilustres como Víctor ValdésMikel Arteta Albert Riera. Sin embargo, allí nunca estuvo cómodo: "Estuve yendo varios años con España y siempre me sucedía lo mismo: jugaba en los clasificatorios, pero no me llamaban para las fases finales. No es que no quisiera ir, pero desde luego me costaba encontrar la motivación, no entendía para qué me convocaban. También influía que en el Espanyol me trataban como a un rey y en la Selección era uno más", dice Elá.

A los 19 recibió una llamada del Southampton, por entonces en Premier League, y puso rumbo a Inglaterra para firmar su primer contrato profesional. En el Espanyol, dejó como legado el récord de jugador más joven en disputar una competición europea, en este caso la Intertoto. "Llevaba dos años en el Espanyol B y no terminaba de dar el salto al primer equipo. En el B cada año luchábamos por un ascenso y eran temporadas larguísimas, extenuantes en lo físico y lo emocional. Así que decidí irme al Southampton un poco en plan rabieta, para demostrar que podía hacer una pretemporada con los mayores y debutar en la Premier", afirma Jacinto.

Se marchó solo a un piso en Southampton, no quiso que le acompañase su familia. Este es otro de los puntos que ocupan a Elá en su libro: "Aunque lo hacen un montón de jugadores, no es justo llevar a tu familia a otro país solo para que tú estés más cómodo, porque les anulas como personas. Hay familias que ni le dan las malas noticias al futbolista para no distraerle. Es el que menos trabaja, apenas dos horas diarias, y sin embargo es al que más hay que proteger, porque todo gira en torno a él", dice Jacinto. Se trata una parte de un proceso superior, el de la infantilización del futbolista profesional.

*****

PREGUNTA. En tu libro presentas al futbolista como alguien infantilizado, alguien a quien su entorno no quiere dejar crecer.
RESPUESTA. Es así. No solo sucede con la familia, sino también en el propio club. Cuando llegué a Southampton, por ejemplo, no me dejaron ni buscar piso: ya me lo habían escogido ellos. ¿Gano 6000 euros al mes y no puedo ni ir a una inmobiliaria? También me señalaron cuál es el restaurante al que van los jugadores, el pub, donde se tatúan... No es que te obliguen a ir a esos sitios, pero el mensaje está claro: es adonde vamos todos, ¿qué piensas hacer tú?

Tampoco tienes una relación de igualdad con el entrenador, sobre todo cuando eres joven. Te piden por un lado que reacciones sobre el campo como un adulto, que seas capaz de llevar adelante tus responsabilidades y ser el mejor, pero luego te dan las órdenes como se las darían a un niño pequeño. Este es el motivo de las concentraciones, sin ir más lejos.

P. ¿Qué pasa en las concentraciones?
R. Que se ha transmitido una imagen irreal de lo que son. La gente piensa que estamos practicando yoga y revisando la táctica, pero la realidad es que las concentraciones solo están para que el entrenador pueda estar seguro de que, al menos la noche antes del partido, los jugadores comen y descansan bien. Para que no salgamos la noche anterior, vamos, lo podrían llamar 'encarcelamiento provisional' en lugar de concentración. En las concentraciones no hacíamos más que aburrirnos y dormir.

El caso de Ramos es ego puro, utiliza la opinión pública para conseguir un objetivo personal

P. ¿Están los futbolistas integrados en la sociedad?
R. No. Los futbolistas viven en su mundo de entrenar, comer, descansar, ir al centro comercial. Si tienes que aprender un idioma no te envían a una academia, sino un profesor particular a casa. Es ese rollo. Apenas hay relación con el resto de la gente. Yo hasta los 26 años no tuve tarjeta sanitaria. Hasta entonces eran todo médicos privados que me pagaban los clubes. Con 15 años me hacía una pequeña contractura y me pasaban por delante de pacientes que llevaban un montón de tiempo esperando.

Esto se muestra en que muchos jugadores salen con exnovias de compañeros. ¿Con la de mujeres que hay en el mundo y vas a salir con una exnovia de futbolista? Son las que están en su mundo, y también las que se adaptan a la vida del jugador, que es bastante pasiva fuera del campo.

P. Pues no lo parece.
R. En el entrenamiento vamos tan a tope, ponemos el cuerpo tan al límite, que luego no hay ganas de hacer otra cosa. Simplemente estar de pie para dar un paseo es un castigo, cuesta mucho, solo piensas en la siesta, estar tirado jugando a la Play o leyendo.

P. La combinación de éxito y aislamiento produce egos terroríficos. Se me viene a la cabeza el caso de Sergio Ramos, que quiere ser abanderado olímpico porque le sale de las narices, despreciando al resto de atletas que han hecho méritos.
R. Es un caso de ego puro. Ramos utiliza la opinión pública para conseguir un reto que no es colectivo sino personal. A ver si soltando esto en Twitter consigo que hagan presión y me lleven a los Juegos. El ego en sí no es malo, es lo que te lleva a estar entre los mejores, pero viene de la mano de la necesidad de reconocimiento. Una vez tienes suficiente dinero, quieres que te digan lo bueno que eres, que te hagan un documental...

P. El dinero es crucial para el futbolista.
R. Sin duda. Si no ganas un buen dinero, en el vestuario no te respeta ni el tato. Mucho dinero, un buen coche, significa inmediatamente que eres bueno. Tienes que ganar mucho si no quieres ser el último mono del grupo, especialmente si vienes de fuera, por eso los futbolistas siempre suelen inventarse que ganan más de lo que realmente ingresan. Yo he tenido compañeros en el Southampton con unos cacho de Aston Martin que no cabían en ningún 'parking' y eran respetados, a pesar de ser unos tuercebotas sobre el césped.

P. Un papel interesante en el del representante de futbolistas. Dices que su rol consiste en mantener desinformado al jugador.
R. Los representantes hacen muchas cosas, pero una que todos tienen en común es que intentan que sus clientes no sepan nada del contrato que van a firmar. Y muchos futbolistas encantados, porque así no tienen que hacer nada. Vemos a trabajadores autónomos haciendo mil gestiones con proveedores, clientes y ayuntamientos, pero al futbolista se le dice que solo se preocupe de jugar, que eso es muy complicado. La verdad es que los representantes no enseñan a sus jugadores cómo funciona su trabajo para que no prescindan de él: uno pone toda la información sobre la mesa mientras que el otro no muestra nada, y aun así se supone que el agente le está haciendo un favor al jugador.

Luego está el asunto de las ofertas, que es un misterio. Tu agente recibe muchas, pero te las filtra y solo te habla de una o dos. ¿Y qué ha pasado con el resto? ¡A lo mejor me interesaba más alguna! Así suceden misterios como que un chaval del Espanyol B solo tuviese una oferta del Southhampton, que ya me dirás que se me ha perdido a mí allí.

P. ¿Crees que los futbolistas deberían prescindir de ellos?
R. Es como una autopista de peaje: la alternativa va a ser más largo e inseguro, pero gratis. Creo que los futbolistas deberían tener un gestor, como empresas que son, y estar siempre al tanto de sus cuentas, sus gastos y sus ingresos.

P. También mencionas la figura del 'amigo de los futbolistas'. ¿Están implantados en las estructuras de los clubes?
R. Sí, al menos yo siempre los he visto dentro del vestuario. Los reconocerás porque te llaman siempre 'crack', te llevan al aeropuerto en coche, te consiguen mesas en los mejores restaurantes... En general no paran de adularte, y eso a los futbolistas les encanta, especialmente a los más jóvenes. Pero no es el único que vive de los futbolistas: yo he visto a entrenadores cobrar comisiones por vender jugadores del equipo y a emprendedores entrar al vestuario a pedir inversión para sus negocios.

P. ¿Os hacían el 'pitch' mientras os cambiabais?
R. Es un clásico del fútbol, imagino que se hace con la connivencia del club. Algunos invierten, no te creas. Y se hace en el vestuario porque en otro momento es imposible. Los futbolistas siempre tenemos mucha prisa al terminar de jugar, aunque sea para volver corriendo a casa a jugar a la PlayStation o a dormir. Tenemos prisa por irnos a ningún sitio (ríe).

P. Otra actitud que criticas es lo poco que ayudan los jugadores veteranos a los jóvenes. En el Southampton coincidiste con la leyenda Matt Le Tissier. ¿No te trató bien?
R. Sí, de hecho, fue muy amable. Aquel año, Le Tissier tenía 32 años y pasaba mucho tiempo lesionado, así que hablábamos mucho y me hacía bromas. No novatadas, sino bromas con las que reírse juntos, que al final es una forma de ayudarte a adaptarte. Pero la mayor parte de los jugadores veteranos no se toman la molestia de enseñar a los jóvenes los códigos del fútbol, y es muy importante conocerlos, por eso escribí este libro.

*****

La carrera de Jacinto entró en barrena en Inglaterra. Coincidió con una época negrísima del Southampton, que pasó varios meses sin ganar en casa, y para colmo se rompió los ligamentos de la rodilla, una de las lesiones más graves a las que se enfrenta un futbolista. No llegó a debutar en Premier. Lo intentó después en el Hércules, en el Alavés y en el Dundee escocés, pero siempre algo salía mal: "Unos no se fiaban del estado de mi rodilla, otros me querían pero no tenían para pagar a la plantillas y otros simplemente me exprimieron de tal manera que para la segunda vuelta de liga ya no me quedaban energías y lo hice fatal", lamenta Elá.

A los 26 años se vio en el Premiá de Tercera División. "Cuando era pequeño miraba los resúmenes de fútbol en la tele y me acuerdo ver al Mollerusa, de Tercera, que jugaba en un campo de tierra horrible, y siempre pensé que no me gustaría nada jugar ahí. Cuando me hizo una oferta el Premiá, de la misma división, me dije: 'Ya está,, Jacinto, la cagaste, estás en el Mollerusa", ríe. Se hartó y empezó a buscar salida. Por la mañana echaba currículums y hacía entrevistas y por la tarde entrenaba con el equipo. "Yo ya tenía claro que no quería seguir jugando al fútbol ni aunque me llevasen al Mundial. Me gustaba, pero no tenía la obsesión necesaria para estar todo el día con él en la cabeza como hacen la mayoría de profesionales. Poco a poco mi futuro se iba hacia los libros. De modo que cuando recibí la oferta para ser azafato en un tren de larga distancia, despertando a los pasajeros cuando llegaban a su destino, no me lo pensé un segundo. Hubo coña en el vestuario cuando lo conté, pero es la mejor decisión que he tomado en mi vida, menudo peso me quité de encima", explica Jacinto.

"El fútbol es una gran ilusión. Durante los cuatro años que jugué en la Selección, hablamos una y mil veces de quiénes llegaríamos a Primera División, dando por hecho que seríamos casi todos, pero al final solo llegaron unos poquitos. Los que terminaron jugando en la Selección fueron otros cientos de futbolistas que en aquel momento no estaban entre los mejores. Esto no para de dar vueltas y al final todo lo decide la suerte. Una vez dentro te das cuenta de que el embudo es tan, tan finito, que no merece la pena tanto esfuerzo", dice. "Si es que yo no quería ser rapero, solo utilizaba el fútbol para que me dieran bola. Algo así como lo de Jesé, pero bien", bromea.

Jacinto trabaja desde hace varios años en un colegio de Barcelona, orientando a alumnos conflictivos a escoger su futuro. "Cuando les pregunto qué quieren ser en la vida, muchos me responden que futbolistas. Y entonces les digo: 'Vale. Y después, ¿qué harás?' Para eso no suelen tener respuesta".