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¿Por qué callan los niños ante el acoso en Internet?

La forma en que, por miedo, siguen incondicionalmente sus compañeros al niño o niña o al adolescente ciberacosador se puede confundir fácilmente con su capacidad de liderazgo

 
 
G. Toca
24 septiembre, 2018

 
Ante esta situación, la reacción más habitual del entorno del menor es callar los abusos que comete, ya porque temen ser sus siguientes víctimas, ya porque no le dan importancia a este tipo de violencia digital. Y mientras tanto, los acosados no reúnen las fuerzas suficientes para romper su silencio. Como consecuencia de todo ello, la situación se enquista y, en demasiadas ocasiones, los padres del agresor se enteran tarde.

Según un artículo académico reciente de Heather Benzmiller, una abogada experta en ciberacoso de la firma Sidley Austin, los testigos del ciberbullying pueden dividirse en dos grupos: testigos pasivos, que apoyan tácitamente el acoso simplemente prestándole atención; y testigos activos, que participan en ello jaleando al agresor y humillando a la víctima. Tanto las acciones de unos como las de otros pueden dar a entender que el menor que acosa tiene el apoyo de su entorno y que, por lo tanto, es un líder. 

Además, se dan otras circunstancias que pueden confundir a los padres y profesores. Para empezar, es posible que, como el ciberacoso se produce en internet o mediante el teléfono móvil, lo único que se vea en las aulas, los patios o la parada del autobús es que el agresor es muy popular entre sus compañeros. Resulta muy difícil determinar a distancia si le aplauden y obedecen por admiración, por miedo o por las dos cosas. Otro problema adicional: es que las amenazas y agresiones pueden producirse en grupos de aplicaciones de mensajería instantánea que destruyen los mensajes -y la prueba del acoso- pocos minutos después de recibirlos.

Testigos silenciosos

Tanto la posibilidad de borrar las pruebas de esta forma como el hecho de que las agresiones por internet se produzcan muchas veces desde el anonimato, no solo dificultan la identificación del ciberacosador, sino que también facilitan que los testigos se excusen afirmando que no tenían ni idea, que no se lo tomaron en serio (era una broma pesada) o que no podían actuar sin saber quién atacaba a la víctima. Incluso habrá quienes digan que necesitaban saber si el acosador tenía razones para actuar así y si su venganza era proporcionada. 

De una forma o de otra, el silencio o la indiferencia de los testigos hacia el sufrimiento de las víctimas se convierten factores cruciales para que el ciberagresor se sienta reafirmado y para que se proyecte la sensación -también fuera de internet- de que es un líder entre el resto de niños y niñas de su edad.
 

Pero es que, además, se suma el silencio de las víctimas, a quienes se les hace muy cuesta arriba contar a los adultos -sean profesores o familiares- lo que está sucediendo. ¿Por qué? Un estudio de un equipo de investigadores de la Universidad de Toronto explica los motivos que dan los menores acosados para no hablar. Según ellos, los adultos no conocen las tecnologías que se utilizan para acosar por internet ni la forma en la que se emplean. Sienten que ellos y sus padres hablan, en definitiva, idiomas distintos. 

A esto se suma que los niños creen que sus padres y profesores serán incapaces de rastrear la identidad del agresor. Si ellos, sabiendo algo de tecnología, no han podido, los adultos lo tendrán mucho más difícil. En consecuencia, es muy probable que las víctimas teman que, si denuncian, acabarán peor de lo que estaban: no le pasará nada al acosador, porque sus mensajes y correos serán irrastreables, mientras que  su víctima sufrirá duras represalias por ‘chivarse’, tanto por parte del agresor como por su entorno. 
 

Víctimas ‘responsables’

Hay otros motivos que pueden forzar a los menores o adolescentes acosados a guardar silencio. La primera es lo que los expertos Iñaki Piñuel y Óscar Cortijo llaman “error básico o fundamental de atribución” en su libro Cómo prevenir el acoso escolar.

 Se refieren a que “los orientadores, profesores y otros adultos, sin ser excesivamente conscientes de ello, tienden a atribuir al niño que es víctima de acoso escolar la responsabilidad de lo que le ocurre, debido a supuestos rasgos, características, carencias, déficits actitudinales o conductuales que le hacen ser responsable de alguna forma de la situación de acoso que sufre”.

Que aquellos que estaban encargados de cuidar y proteger al niño o niña le hagan responsable del acoso puede dejarle importantes secuelas psicológicas a largo plazo. Y también es dañino que quiten importancia a las agresiones y animen al menor a ignorarlas como forma de solucionar el problema. Sin darse cuenta, le están pidiendo que guarde silencio, que no denuncie a quien le hace tanto daño, con lo que la situación se prolongará en el tiempo, con las graves consecuencias que esto puede conllevar. 
 

Todo esto puede dar una visión negativa de las tecnologías que para nada tiene que ver con la realidad, ya que estas son herramientas muy útiles de educación, comunicación, entretenimiento. El problema no son los smartphones o las redes sociales, sino el mal uso que se hace de ellos. Es más: un análisis de más de 40 estudios recientes publicado en la web sciencedirect.com muestra que internet y el móvil, bien utilizados, ayudan a los adolescentes a mejorar su autoestima, a percibir y aumentar el apoyo social, a experimentar con su identidad de forma segura y a ampliar las oportunidades para expresar cómo son. 

Lo importante es, ante todo, no minimizar el acoso, ni ante el agresor ni ante la víctima, y no amparar el mismo con el silencio, como así se recomienda en la web Por un uso Love de la Tecnología, una iniciativa con la que Orange quiere concienciar a niños, jóvenes y adultos sobre la necesidad de un uso seguro y responsable de las nuevas tecnologías, y que en esta ocasión pone el foco en los ciberacosadores.

Como se pone de relieve en esta iniciativa, la apariencia de liderazgo del agresor digital no se puede separar en ningún caso de los motivos que tienen los testigos y las víctimas para callarse. Es ese silencio el que permite que siga proyectándose, a distancia, la sensación de que el acosador es popular, querido y admirado… y que no se investigue el miedo a las represalias como una de las principales razones de tanta devoción o seguimiento. En estas circunstancias, los padres del agresor lo tienen más difícil para saber lo que hace su hijo a tiempo, disciplinarle y obligarle a reparar el daño causado a la víctima, desde el conocimiento y la comprensión de las consecuencias de sus actos y el fomento de la empatía con el otro.