Antes de hacerse cargo
de esa casa cuna, nos cuenta su hija que fue una pediatra muy conocida
en Budapest. Los niños que atendió (de más de 100 familias) enfermaban
menos. Pero para esta pediatra lo fundamental era promover un desarrollo
saludable físico y mental y no tanto curar enfermedades. ¿Qué era para
Pikler un bebé sano? Un bebé activo, competente y tranquilo, que vive
en paz con su entorno y consigo mismo. Y para promover la salud
mental y física de los niños guiaba a las familias hasta que le
ofrecieron, en 1946, hacerse cargo de la casa cuna.
Tres principios de la
filosofía de Emmi Pikler
1.Libertad completa de
movimiento
Por eso, afirma su
hija, “retiraba todos los equipamientos que animaban la pasividad de los
bebés, como los asientos o los andadores”. Así, dice su hija, “enseñaba
cómo un niño pequeño, movido por su propia iniciativa, es capaz de estar
activo, moviéndose continuamente, para explorar. A los padres les
animaba a respetar la necesidad de los hijos de espacio y de su propio
ritmo: “Cada hito del desarrollo motor es alcanzado por la propia
iniciativa del bebé como resultado de sus propios esfuerzos”.
2.Importancia de un
cuidado respetuoso
El segundo es la importancia
de un cuidado respetuoso en la relación entre el niño y el
adulto responsable. Creó, nos cuenta su hija, “una cultura de modos de
tocar, de coger al bebé, de prestarle atención, de responder a sus
señales”.
3.La importancia del
ambiente
El tercero y más
difícil fue que demostró que el daño de crecer en una
institución podría evitarse si se ponían en marcha principios
de favorecer la autonomía y de cuidado amoroso. “Logró crear, en el
contexto de una institución, un ambiente facilitador que hacía posible
que los bebés crecieran como niños saludables, activos, exploradores,
con seguridad en sí mismos y confianza en los adultos y un sentimiento
de pertenencia”.
Algunas reflexiones de
Emmi Pickler
- “Intentar
enseñar a un niño algo que puede aprender por sí mismo no es solo
inútil. También es perjudicial”.
- “Si
prestáramos más atención a las señales e iniciativas de los niños, apoyando
su sentimiento de capacidad y competencia, podríamos criar
niños más tranquilos con menos problemas, niños que sabrían de
manera más precisa qué les interesa y lo que necesitan. Podrían
jugar de manera más autónoma. Tendrían una buena relación con sus
madres y otros adultos, una relación humana positiva que empieza por
la adaptación mutua. Con este tipo de relación como base, la
adaptación del niño a la sociedad sería un proceso saludable con
menos conflictos. La vida emocional sería más rica y más equilibrada
y el ajuste social más satisfactorio. Todo esto eliminaría la
necesidad de muchas medidas educativas correctivas y haría
innecesaria la intervención somática”
- “Cuando un
niño actúa por iniciativa e interés propio, adquiere capacidades y
conocimientos mucho más sólidos que cuando intentamos enseñarle”
- “Es esencial
que el niño descubra por sí mismo. Si le ayudamos a resolver todas
sus tareas, le quitamos lo más importante para su desarrollo mental.
El niño que consigue algo por medio de experimentos autónomos
adquiere conocimientos completamente distintos de los que adquiere
un niño al que se le ofrece previamente una solución”.
- “La prudencia
y la confianza en uno mismo se desarrolla si permitimos que los
niños lleven a cabo, gradualmente, tareas sin que interfiramos en
ellas”.
- “Si el niño
está en una trona no puede jugar por su cuenta. Si algo se cae, no
puede cogerlo y tiene que depender de que la madre lo rescate. Tiene
que pedir ayuda en lugar de aprender cómo resolver un problema. Un
niño limitado o confinado se convertirá en un niño pasivo o
enfadado”.