elDiario.es
La Opinión de los Socios y Socias
Secretos de mi
niñez y la ley de protección integral a la infancia
Gloria Arredondo socia de
elDiario.es
El pianista James
Rhodes, víctima de abusos en la infancia, pide que no prescriban
14 de mayo de 2022 (actualizado)
Maltratar a un niño o
niña, ejercer violencia contra ellos/as, desatenderles y violentarles
sexualmente o violarles son delitos. Los peores que se pueden cometer porque
les destruyen y se moldean adultos que arrastrarán sufrimiento, me temo, de
por vida. Me angustia este crimen, le sucede a niños/as, los más indefensos
de todos, personitas que por imperativo humanitario y moral debemos cuidar,
proteger, educar y querer. Siempre lo he tenido cerca y despierta en mi
temor, rechazo e indignación, pero desde que soy madre lo vivo desde las
entrañas. Pienso en esta amenaza con frecuencia no sólo por mi hija, por
cada niña y niño que está a mi alrededor, por los que están en casas de
acogida, los que migran solos o acompañados, los que viven en casas
hacinadas, los que quedan al cuidado de amigos o vecinos, los de España, los
de Chile y los de cualquier parte o condición social. Los abusos en la niñez
están demasiado extendidos, son muy frecuentes y suceden todos lo días bajo
nuestras narices.
Nací en Chile. Un día
caminando por la calle con una de mis amigas, tendríamos unos 10 años, me
dice: te cuento un secreto pero no se lo digas a nadie, claro dije (los
secretos son fascinantes en la infancia) y me lo contó. Sus dos hermanos
mayores, universitarios, abusaban de ella; me habló de manoseos, de
obligarla a hacer cosas diciéndole que era un juego para luego compensarla
con golosinas y televisión. Le dije con una mezcla de sorpresa, miedo y
bastante incomprensión -porque a mis 10 años no entendía nada- que por qué
no se lo decía a sus padres y su respuesta fue: creo que lo saben, los han
visto y también mi padre lo hace a veces y además, “es culpa mía porque
me he desarrollado muy pronto, ya soy una mujercita”.
Escribo esto, ahora, de
adulta y no puedo evitar llorar de impotencia y rabia: mi amiga se sentía
culpable de provocarlo y avergonzada, con 10 añitos! Por supuesto yo guardé
el secreto, no se lo conté a nadie, tampoco entendía mucho, sólo sabía que
era malo, muy malo y que no era culpa suya, comencé a mirar a su familia con
desconfianza y pavor. Nunca más me acerqué a su casa, fui cariñosa con ella
y poco a poco me fui alejando y la fui dejando sola. Me protegí
instintivamente, pero a ella nadie la protegió.
Con el tiempo, adquirí un
imán para amigas que pasaban por lo mismo o, tal vez, simplemente, esto
estaba mucho más extendido de lo que yo pensaba. Me fui enterando de otras
amigas: abusos de primos, violaciones del padrastro o del propio abuelo.
Siempre guardé los secretos y no hice nada. En realidad, creo que lo
normalicé sin dejar de horrorizarme: qué mala suerte la de mis amigas y qué
suerte la mía. Era algo que pasaba dentro de las familias y en entornos
cercanos y no podías hacer nada, ni siquiera contarlo. No podías esperar
ayuda de nadie, mucho menos denunciarlo. ¿A quién acudir sin las personas
que las tenían que proteger las dañaban y el resto de adultos actuaba como
si no existieran estas cosas?
Estaba tan arraigado el
maltrato y los abusos sexuales en el entorno de mi infancia, tanto que eran
casi lo normal. Esto de que padres, familiares o amigos, pueden hacer lo que
quieran con un menor por el sólo hecho de ser pequeños, de “pertenecerles”.
Lo más normal del mundo. Y cómo no iba a serlo si hasta salía en la Biblia.
De pequeña yo leía la biblia y cuando me encontré con la historia de Lot y
la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis) supe, a ciencia cierta, que las
familias podían hacer cualquier cosa con los niños y las niñas. Que no
teníamos escapatoria y que yo sólo podía agradecer mi suerte de no estar tan
“desarrollada” o tener hermanos y padre que no se interesaban por mí de esa
manera.
La historia de Lot. Dos
ángeles de Dios entraron en Sodoma a rescatar a Lot sobrino de Abraham; los
ángeles eran de hermosa apariencia y llamaron la atención de los habitantes.
Al verlos, Lot los invitó e insistió en que pasaran la noche en su casa.
Pero antes de que se acostasen, los sodomitas cercaron la casa y exigieron
que les entregase a sus invitados para abusar de ellos. Lot salió de la casa
y se dirigió hacia ellos, cerrando la puerta detrás de sí, y les dijo: -les
ruego, hermanos míos, que no cometan semejante maldad. Miren, tengo
dos hijas que todavía son vírgenes. Se las voy a traer para que ustedes
hagan con ellas lo que quieran, pero dejen tranquilos a estos
hombres que han confiado en mi hospitalidad.
Yo no registré nada de las
bondades y la justicia de Lot que señalaba la Biblia, sólo me quedé con lo
que he resaltado. Pregunté a mi madre -experta en Biblia- qué edad tenían
las hijas de Lot y me dijo que unos 12 y 13 años. Sólo dos más que yo!.
Aprendí a vivir sabiendo que existían estos abusos y que los adultos pueden
hacer cualquier cosa con un niño o niña impunemente.
Crecí, fui a la
universidad, viajé, llegué a España y me siguieron llegando secretos. De
mayor, he intentado que mis amigas y amigos (sí, también chicos) se
sintieran acogidos por mí y, si se veían con fuerza, denunciaran. Una amiga
estuvo a punto de hacerlo pero, finalmente no; se impuso la
borrosa, aparente e hipócrita convivencia familiar. Lo entiendo, tal vez yo
en su lugar hubiera hecho lo mismo. No se denuncia para no dañar a la
familia aunque la sanación siga sin llegar a la víctima.
La ley aprobada, ayudará a
las víctimas y como sociedad estamos intentando proteger a nuestros niños y
niñas, estamos diciendo alto y claro que se trata de los peores delitos que
se puedan cometer. El hablar de esto como delitos contribuye a normalizar lo
que sí debe ser normal: que abusar de niños/as es un crimen que podrá
denunciarse en la vida adulta y si se trata de niños/as, por cualquiera que
esté enterado, estará obligado. No son cuestiones que se deban quedar en la
familia dañando, empequeñeciendo, haciendo sufrir y destruyendo a los niños
y las niñas.
Yo, y todos, hemos
crecido en el mundo al revés donde lo normal era callarlo, un secreto
contado a otras niñas tan asustadas como la víctima, niñas que no hacen nada
más que callar, ser cariñosa con la amiga y evitar provocar para no pasar
por lo mismo. Como yo hice, poniéndome por varios meses vendas elásticas en
los pechos pre púberes para anularlos. Niñas que crecieron con culpa por no
ayudar a sus amigas y que hoy, ya mujeres, extreman los cuidados con sus
hijas para evitarlo, detectarlo y actuar. Por eso hoy, a la vez que aplaudo
esta ley, lloro profunda y sosegadamente por mi, por mis amigas, por todas
las hijas (e hijos) de todos los Lot que existen y por la infancia. Un
llanto mitad tristeza por esas infancias ultrajadas y mitad esperanza porque
podemos, ahora, rebelarnos ante estos secretos.
|